Pensar la dominicanidad desde sus múltiples
orillas. Editorial
Thinking Dominican identity from its multiple shores.
Editorial
Santana Soriano, Edwin
Universidad Autónoma de Santo Domingo
República Dominicana
https://orcid.org/0000-0002-4314-6531
Cómo
citar:
Santana-Soriano, E. (2025). Pensar la dominicanidad desde sus múltiples orillas. Editorial. La Barca de Teseo, 3(1), pp. 1-4. https://doi.org/ 10.61780/bdet.v3i1.129
En la paradoja que Plutarco nos legó sobre la nave de Teseo se condensa una pregunta que atraviesa este número de nuestra revista: ¿qué permanece cuando todo cambia? o, dicho de otro modo, ¿qué constituye la identidad de algo —una embarcación, una nación, un pensamiento— cuando sus componentes se renuevan constantemente? Los siete trabajos que conforman este volumen comparten una inquietud común: indagar en aquello que nos constituye como comunidad pensante, como sociedad que se interroga a sí misma y, por qué no, como nación que busca comprenderse en su devenir histórico.
La República Dominicana, como la barca de Teseo —la paradoja, no la revista— ha ido reemplazando sus tablones a lo largo de casi dos siglos de vida independiente. Y, sin embargo, algo persiste. Ese algo —esquivo, difícil de nombrar— es precisamente lo que estos artículos intentan capturar desde sus distintas orillas epistemológicas: unas, mediante la profunda reflexión filosófica que interroga fundamentos, genealogías y posibilidades; otras, mediante el rigor de la investigación empírica que produce, a partir de datos y evidencias, resultados verificables.
Alejandro Arvelo abre el volumen con un ejercicio de arqueología constitucional que resulta ser, simultáneamente, una reflexión sobre el presente. Su análisis de la Constitución de 1844 constituye un esfuerzo por comprender la noción de hombre y el ideal de nación que nos fundaron, un análisis con el que propone que nuestros constituyentes originarios no eran ingenuos, pues estaban conscientes de que la autonomía individual debía equilibrarse con el bien común, de que la libertad requiere responsabilidad, y de que la unidad nacional necesita bases culturales compartidas para su construcción. Su hallazgo de que la pertenencia a la nación dominicana se definió por criterios lingüístico-culturales (no raciales) resulta altamente relevante de cara a la necesidad de pensar nuestros debates actuales sobre migración, identidad y ciudadanía. Los constituyentes de 1844 ya comprendían que la pervivencia de la nación requiere bases compartidas que hagan posible la vida común.
La pregunta que Arvelo nos deja es si podemos mantener nuestra identidad cultural y la viabilidad de nuestra nación mientras nos abrimos al mundo, si el particularismo que nos caracteriza puede transformarse en solidaridad iberoamericana sin disolverse en una globalización homogeneizante que ignore nuestras necesidades específicas y nuestra capacidad real de absorción.
Por su parte, Rafael Morla recupera la figura de Eugenio María de Hostos como pensador vivo cuyas batallas siguen siendo las nuestras. Presenta su idea de que la Escuela Normal hostosiana constituyó un proyecto de emancipación espiritual que, en su momento, desafió los poderes fácticos —la Iglesia, el despotismo— para formar ciudadanos libres capaces de pensar críticamente. Que ese proyecto enfrentara resistencia entonces y que sigamos debatiendo sobre educación laica, autonomía de la razón y formación ciudadana en la actualidad nos dice que las luchas que encarnizó Hostos no han terminado aún. En este trabajo, Morla nos recuerda que el pensamiento dominicano tiene genealogías ilustradas, que hubo quienes apostaron por la razón, la ciencia y la ética como fundamentos de la convivencia, y que esas apuestas siguen interpelándonos en la actualidad.
Y Julio Minaya Santos complementa esta recuperación histórica con su interesante estudio sobre Federico García Godoy, con el que demuestra que nuestro pensamiento filosófico fue más que una mera importación de ideas europeas, en tanto ha gozado de elaboración creativa y crítica. García Godoy, positivista heterodoxo, bergsoniano entusiasta, pragmatista selectivo y materialista convencido, representa un modo de hacer filosofía que se hace menester reivindicar: el pensamiento situado, que dialoga con las corrientes universales, pero las tamiza a través de las perspectivas y necesidades propias del contexto desde el cual se las mira. Su nacionalismo literario y político, su denuncia de la ocupación estadounidense en “El derrumbe”, su defensa de la soberanía a pesar de su pesimismo sobre el pueblo dominicano, presentan preguntas incómodas, de las buenas para la filosofía, sobre el compromiso intelectual, sobre las contradicciones que habitamos, sobre la posibilidad de amar críticamente a la nación.
Desde otro punto de mira, José Flete nos invita a pensar el tiempo, más que como categoría abstracta, como experiencia vivida, como duración bergsoniana, y nos muestra cómo el cine lo hace visible. En su análisis de “Al filo del mañana”, “Minority Report” y “La máquina del tiempo”, Flete demuestra que la ficción audiovisual es más que entretenimiento: la propone como un laboratorio filosófico donde se ensayan las grandes preguntas sobre la libertad, la responsabilidad y la capacidad humana de intervenir en su destino. Cuando en la película el héroe aprende a manipular el tiempo para salvar a la humanidad, estamos ante una poderosa metáfora sobre la agencia humana frente a lo que se presenta como inexorable. Pensar el tiempo como algo transformable se nos muestra aquí como una posibilidad y una necesidad de cara a las intenciones de transformación que subyacen a toda utopía social.
Por otro lado, Katherine Báez-Vizcaíno, pensando desde la trinchera ética, enfrenta una de las preguntas más antiguas y urgentes de la filosofía: ¿existen principios morales universales? Y su respuesta es tan provocadora como rigurosa: más allá de la dignidad humana (concepto históricamente situado y no universalmente aceptado), lo que todas las comunidades humanas comparten es el principio de pervivencia del grupo. Esta tesis, que fundamenta en una lectura cuidadosa de la historia moral de la humanidad, obliga a repensar nuestros supuestos sobre la ética, la justicia y los derechos. Si la moral surge de la necesidad de pervivencia colectiva, entonces el respeto al “otro” resulta ser una condición de posibilidad de la vida común.
En la sección de trabajos empíricos, Darío Francisco Regalado Rosa presenta una experiencia que muchos docentes reconocerán: nuestros estudiantes universitarios llegan con graves deficiencias en comprensión lectora, pensamiento crítico y escritura académica. Su estudio ofrece una solución pedagógica concreta y verificable ante esta problemática: la producción de monografías como estrategia de escritura epistémica, acompañada de coevaluación entre pares y retroalimentación formativa. Los datos son esperanzadores, pues nos recuerdan que la capacidad de pensar críticamente es una habilidad que se cultiva mediante prácticas específicas, acompañamiento docente y evaluación formativa. Así, este trabajo representa lo mejor de la investigación educativa: identifica un problema con datos duros, diseña una intervención fundamentada teóricamente, la implementa con rigor metodológico, y produce resultados medibles que pueden replicarse en otros contextos. Si queremos una ciudadanía capaz de pensamiento autónomo, hemos de invertir en las mediaciones pedagógicas que lo hacen posible. Este estudio demuestra que es posible, y nos muestra cómo.
Harold Junior Gil Mateo y Joan Figueroa Espaillat cierran este número con una investigación que, si bien se inscribe en el campo de la salud pública, nos habla también de nuestra condición social. La adherencia al tratamiento antihipertensivo en poblaciones mayores de 40 años trasciende los límites de un problema meramente clínico, pues es también un síntoma de las fracturas que atraviesan nuestra sociedad: cuando el olvido y las limitaciones económicas resultan ser las principales barreras para el cuidado de la salud, estamos ante un espejo que refleja las desigualdades que nos constituyen. Que sean las mujeres y los mayores de 60 años quienes muestren mayor adherencia algo nos dice sobre las redes de cuidado, sobre los saberes implícitos, sobre las formas de resistencia cotidiana que sostienen la vida en contextos adversos.
¿Por qué la pervivencia del grupo (Báez-Vizcaíno) no se traduce en políticas de salud que garanticen la supervivencia de todos los miembros? ¿Cómo se relaciona la autonomía de la voluntad que fundó nuestra nación (Arvelo) con las estructuras educativas que limitan el pensamiento crítico (Regalado)? ¿Qué tienen que decirnos Hostos y García Godoy sobre la formación de ciudadanos capaces de adherirse no solo a tratamientos médicos sino a proyectos colectivos de emancipación?
Todos estos trabajos son ejercicios de pensamiento situado que rechazan tanto el provincialismo acrítico como la importación irreflexiva de ideas foráneas. Parten de nuestra realidad concreta —nuestra constitución fundacional, nuestros maestros históricos, nuestros principios morales, nuestros estudiantes, nuestros pacientes — para elevarse a preguntas de alcance universal: ¿qué es la nación?, ¿qué es la educación?, ¿qué es el tiempo?, ¿qué es la moral?, ¿qué es la justicia? Estos trabajos son una muestra de que en República Dominicana se produce conocimiento riguroso en múltiples registros, que nuestra academia puede dialogar de igual a igual con las tradiciones intelectuales más exigentes, que nuestros problemas locales iluminan cuestiones que trascienden nuestras fronteras.
La Barca de Teseo puede navegar en aguas turbulentas, pero mientras haya quienes reflexionen sobre los fundamentos de la nación y quienes midan con rigor las barreras de acceso a la salud y los límites de nuestros recursos como nación; quienes recuperen las genealogías de nuestro pensamiento y quienes documenten con datos las deficiencias; quienes comprendan que necesitamos tanto del telescopio conceptual como del microscopio empírico, la embarcación seguirá a flote.
Que los tablones de la barca se reemplacen constantemente no es una debilidad, todo lo contrario, es la condición de posibilidad del viaje. Pero reemplazar tablones no significa perder el rumbo ni hundir la nave por exceso de carga. Como decía Heráclito, no nos bañamos dos veces en el mismo río; pero seguimos siendo nosotros quienes nos bañamos. Y como nos enseña la susodicha paradoja, la identidad no está en la permanencia de las piezas sino en la continuidad del proyecto, en la persistencia del rumbo.
Este número es una invitación a pensar la dominicanidad desde sus múltiples orillas epistemológicas: el archivo constitucional donde se interpreta nuestra fundación y la clínica médica actual; la biografía de maestros que nos precedieron y el aula universitaria donde se investigan prácticas pedagógicas; la sala de cine donde se reflexiona sobre categorías fundamentales y la fundamentación de principios morales que nos orientan. Es una invitación a reconocer que la mejor academia es la que sabe moverse entre el sentido y el dato, entre la interpretación y la medición, entre el argumento y el experimento.
Como la barca de Teseo, somos identidad en permanente reconstrucción. Pensar —sea con conceptos o con datos, con ensayos o con encuestas, con argumentos o con evidencias— es la forma más radical de habitar el presente mientras tejemos el futuro.