Pedro Francisco Bonó: nuestro
“pensador de la sospecha”
Pedro
Francisco Bonó: our “thinker of
suspicion”
Minaya, Julio
Universidad
Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana
jminaya70@uasd.edu.do
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-8915-6308
Recibido:
2023/04/dd - Publicado: 2023/11/20
CÓMO CITAR:
Minaya, J. (2023). Pedro
Francisco Bonó: nuestro “pensador de
la sospecha. La Barca de Teseo, 1(1), 1-14. https://doi.org/10.61780/bdet.v1i1.2
RESUMEN
En este artículo presenta
una argumentación sobre la figura de Pedro Francisco Bonó como un
"pensador de la sospecha" en la República Dominicana del siglo XIX.
Se basa en su análisis crítico de la realidad social dominicana a través de
ensayos, artículos de prensa, documentos oficiales y cartas. Se destaca su
contribución teórica al examen de la formación socioeconómica local, lo que le
ha valido el título de "Padre de la Sociología Dominicana". Además,
se señala su aporte como autor de la primera novela en el país. Se subraya que
Bonó adoptó una actitud de cuestionamiento en su análisis de diversos temas,
incluyendo la historia colonial, la independencia política, la influencia de la
élite colonial, y la noción de progreso. Su enfoque crítico lo sitúa en la
categoría de "pensador de la sospecha", en línea con pensadores como
Marx, Nietzsche y Freud, quienes cuestionaron las nociones fundamentales de la
racionalidad occidental.
PALABRAS CLAVE
Pedro Francisco Bonó,
pensamiento dominicano, pensadores de la sospecha, sociología dominicana,
emancipación cultural.
ABSTRACT
In this article, an argument is presented regarding the role of Pedro
Francisco Bonó as a "thinker of suspicion" in 19th-century Dominican
Republic. This argument is based on his critical analysis of the Dominican
social reality through essays, newspaper articles, official documents, and
letters. His theoretical contribution to the examination of the local
socio-economic formation has earned him the title of the "Father of
Dominican Sociology." Furthermore, his role as the author of the first
novel in the country is highlighted. It is emphasized that Bonó adopted a
questioning attitude in his analysis of various topics, including colonial
history, political independence, the influence of the colonial elite, and the
notion of progress. His critical approach places him in the category of
"thinker of suspicion," akin to thinkers such as Marx, Nietzsche, and
Freud, who questioned the fundamental notions of Western rationality.
KEYWORDS
Pedro Francisco Bonó, Dominican
thought, thinkers of suspicion, Dominican sociology, cultural emancipation.
1.
En este artículo se argumenta
el planteamiento de que Pedro Francisco Bonó puede considerarse como “pensador
de la sospecha” en la República Dominicana decimonónica. Se toma como
referencia el estudio y enjuiciamiento crítico hecho sobre nuestra realidad
social en ensayos, artículos de prensa, documentos oficiales y cartas. Por su
contribución teórica al examen de la formación socioeconómica local, Bonó es
denominado Padre de la Sociología Dominicana. Pero Bonó exhibe en su legado
otras contribuciones teóricas. Por ejemplo, la novela El Montero publicada en
1856, es la primera de dicho género literario en el país.
Breve esbozo biográfico
Pedro Francisco Bonó nació en
la ciudad de Santiago de los Caballeros el 28 de octubre de 1828, donde realiza
tempranamente actividades comerciales, culturales y políticas. Formó parte del
liderato cibaeño que se enfrenta al despotismo de Buenaventura Báez en 1857,
llevando a cabo la Revuelta Liberal Cibaeña en dicho año, lo cual tuvo como
consecuencia posterior su exilio en Filadelfia en 1858. De regreso a su país
ejerció el derecho en su ciudad natal y cuando Pedro Santana recabó firmas para
la Anexión a España en 1861, Bonó se abstuvo de darla. Dos años más tarde
participa activamente en el movimiento de la Guerra de la Restauración,
convirtiéndose en uno de sus principales orientadores teórico-ideológicos,
junto a Ulises Francisco Espaillat y Benigno Filomeno de Rojas.
Cuando los resultados de la
guerra restauradora dieron ventajas a los dominicanos frente a las tropas
españolas, y llegó la hora de constituir un gobierno provisional, afloraron
agrias contradicciones dentro del mando político-militar. Esto originó que el
general Gaspar Polanco apresara y dispusiera el fusilamiento del general José
Antonio Salcedo, quien se desempeñaba como presidente provisional con asiento
en Santiago. Bonó protestó por lo ocurrido y Polanco lo reprendió en su
despacho amenazándolo con fusilarlo si continuaba cuestionando la medida. Es
así como a final de 1864 se muda a San Francisco de Macorís y jura no volver a
Santiago. En Macorís le sorprendió la muerte el 15 de septiembre de 1906.
En vista de que puso su pluma
al servicio de los sectores marginados y explotados del país, especialmente las
masas trabajadoras, Raymundo González (1994, p. 105), lo distingue con el
título de “intelectual de los pobres”[1] . Debido a que llevó a cabo la primera crítica
de la herencia colonial dominicana y por cuestionar tanto el comportamiento de
los estamentos políticos de su época como las desigualdades e injusticias
sociales en
2.
PEDRO
FRANCISCO BONÓ, UN PENSADOR “INCÓMODO”
Entre las ocupaciones que más
se resaltan de Bonó están las de abogado, político y sociólogo. Él mismo se
autocalificó de médico empírico y filósofo; la última condición le fue
reconocida por varios de sus más cercanos amigos, como fue el caso de Gregorio
Luperón. En realidad, puede ser considerado como filósofo social[2].
Más de una vez, en sus escritos, se autoreivindica como pensador. Prueba de
ello son las decenas de opúsculos, ensayos y artículos de opinión que forman
parte de su legado intelectual.
No debe olvidarse que Bonó
fundó una revista para divulgar sus puntos de vista. Se trata de Congreso
Extraparlamentario. Diario de los Debates, cuyo primer número se publicó el 7
de julio de 1895. Fue editor de dicho medio y puso como dirección su propia
casa. Aquí el publicista, valiéndose de un congreso imaginario, pone a un grupo
de diputados a discutir los acuciantes problemas que padecía el país en el
tramo final de la tiranía de Heureaux. Para el historiador Manuel Ubaldo Gómez,
aquellos debates escenificados debajo de un enorme árbol situado en medio de
una sabana “eran una crítica fina y sutil de la mala administración y de la
corrupción implantada en aquellos días, crítica capaz de haber llevado a otro
que no hubiera sido Bonó, a la Torre del Homenaje” (Ubaldo Gómez, 1922, p.
207).
Paradoja de la vida, la
vetusta imprenta en que editó los cinco números de la revista de marras, había
sido una donación del tirano del dictador Ulises Heureaux, a quien Bonó se la
había solicitado en una misiva del 8 de junio de 1895:
Yo, a pesar de mis años y
achaques, quisiera hoy poner un poco de ayuda en la cosa pública. Veo a todos
tan tristes, tan miserables, que desearía hacer algo por mi pobre patria. Mis
armas son la predicación, pero no tengo púlpito donde subirme. Aquí [se refiere
a San Francisco de Macorís, J. M.] sólo hay una imprentica tan mísera como
nuestro estado actual y muchas veces quise pedirle una un poco más grande para
el municipio donde yo externara algunos conceptos que tal vez serían útiles a
la patria (Bonó, 2000, pp. 323-324).
Dos semanas luego de escribir
esto, Heureaux le contestó: “El púlpito que Ud. necesita le será proporcionado”
(Ib., p. 325). Pero Bonó no solo quería la “imprentica”, sino que vio necesaria
la aquiescencia o protección del dictador para, de esa forma, poder “emplear
actualmente mi pluma para entonar un poco la situación del país (…) Cuando en
1882 escribí tuve de retaguardia a mi amigo Luperón (…) Como Ud. hoy es el
horcón del bohío, según decimos los criollos, o la piedra esquinada, como dicen
los cultos, si me promete guardarme entro en acción, aunque sea en una
guerrillita. De no, como buen troglodita vuelvo a mi caverna…” (Bonó, 1980,
pág. 324).
El tirano cumplió su palabra,
enviándole una imprenta usada y, a pesar de la consabida perspicacia que le
caracterizaba, no se percató de la enorme capacidad de disparar que tenía dicha
imprenta. Confiaba mucho en Bonó para sospechar de él: “Un hombre dotado de su
prudencia, que ha preferido vivir aisladamente, privándose de los merecidos
aplausos de sus conciudadanos, por no proporcionarse disgustos, ¿podrá ser
sospechado de herir o mortificar los intereses de su aliado (…)? De ningún
modo” (Heureaux, 1980, p. 325).
Bonó tenía conciencia cabal de
la función desempeñada por los pensadores en cualquier tipo de sociedad.
Confiesa que fue perseguido tenazmente por Pedro Santana y Buenaventura Báez,
además de recibir amenazas de los generales Gaspar Polanco y Pedro Antonio
Pimentel. Pero no sólo eran estos maltratos de los sectores poderosos: según su
criterio los pensadores también son empujados por el pueblo al segundo plano
(Bonó, 1980, p. 534).
La vocación que más encaja con
el talante de Bonó es la de pensador o intelectual. Por conservarla se mudó de
Santiago a San Francisco de Macorís, renunció a ser candidato presidencial, fue
perseguido y perdió a varios de sus amigos. No cabe duda de que el precursor de
los estudios sociológicos del país forma parte de lo que Enrique Dussel
denomina “pensadores”, esto es (2011, p. 701), “grandes personalidades que han
influido en la vida cultural, política y filosófica de nuestro continente, sin
haber recibido una formación formalmente filosófica, o sin haber escrito obras
filosóficas en un sentido restringido”.
El historiador José Guerrero
pone de relieve la complejidad de Bonó como autor: “Sólo lecturas simples,
superficiales y mistificadoras pueden señalarle como pensador de una sola línea
o paradigma. Al contrario, es autor difícil, no apto para recetas, incómodo
para clichés, y de los pocos que en el país enseña a pensar crítica y
éticamente” (Guerrero, 2006, p. 116).
Son estos atributos los que lo
convierten en el pensador que más sospechas tuvo y más interrogantes se formuló
en torno a las problemáticas más cruciales que sacudían al país y todo su
espectro social, económico, político y cultural. Juan Isidro Jimenes Grullón
reconoce la hondura sociológica de sus análisis y advierte (1982, p. 333), que,
“siendo en el campo político, un liberal, conservó siempre su independencia de
criterio, que le permitió adentrarse en nuestras realidades con una visión
propia, ajena a todo tipo de influencia”.
3.
“PENSADORES DE LA SOSPECHA”: EXPRESIÓN
ADECUADA EN EL CASO DE BONÓ
“Pensadores de la sospecha” es
la expresión acuñada por el filósofo francés Paul Ricoeur, en su obra Freud:
una interpretación de la cultura (1965), para caracterizar las singulares
contribuciones teóricas de Karl Marx (1818-1883), Friedrich Nietzsche (1844-1900)
y Sigmund Freud (1856-1939), al pensamiento occidental. Para Ricouer estos
intelectuales, si bien tenían formas de pensamiento diferentes, aparentemente
excluyentes, podían ser ubicados dentro de lo que denominó “Escuela de la
sospecha”. De esta suerte, “Maestros de la sospecha”, “filósofos de la
sospecha” o “pensadores de la sospecha” encierran el mismo significado.
El hecho es que para el
creador de dicha noción, Marx, Nietzsche y Freud marcaron hitos en cuanto
llevaron a cabo quiebres o rupturas de las categorías o nociones fundamentales
en que descansaba la racionalidad occidental. En efecto, hablar de historia, conciencia,
hombre, moral, no sería ya lo mismo. Como expone Francesc Torralba (2013, p. 7).
Los maestros de la sospecha
nos exigen reinterpretar al hombre, su relación con el mundo, el sentido de su
existencia. Ponen entre paréntesis las formulaciones básicas de la antropología
filosófica occidental. En consecuencia, la hermenéutica cuyo objetivo central
es pensar el destino del sujeto a partir de la sospecha tendrá que revisar la
cuestión del sentido en tres esferas: la historia, la moral y el sentido
último.
Debe advertirse que el tipo de
vinculación que hacemos de Bonó con la susodicha categoría, no es porque el
intelectual haya emprendido -empleando un término más cercano al presente-, una
deconstrucción con alcances teóricos o filosóficos parecidos a los de la
crítica marxista, nietzscheana o freudiana. No se trata de eso. El ejercicio
intelectual de Bonó es bien específico y concreto: tiene como objeto de estudio
a la sociedad dominicana; por tanto, no reviste pretensiones de carácter
ontológico en sí. Sin embargo, hay en sus análisis una ostensible actitud de
cuestionamiento que marca un punto de inflexión con respecto al pensar
tradicional, lo que se evidencia en su enjuiciamiento del fenómeno de las
herencias coloniales, del sistema de partidos, del capital monopólico, del
neocolonislimo y de la idea de progreso, entre otros tópicos.
Bonó adopta una especie de
sospecha metódica cuando, por más de 40 años despliega el examen más profundo y
extenso emprendido sobre el pensamiento y el entorno social dominicanos. Ello
explica que en su estrategia metodológica se puedan advertir ciertas coincidencias
con René Descartes y su Discurso del Método. En su afán por construir una
episteme en lo que respecta al ser del dominicano, Bonó incluso logró acuñar
varios términos o vocablos nuevos como son:
“privilegiomanía”,”presupuestívoros”, dominicanismo”, “españolismo”, lo cual
revela un esfuerzo sin parangón por insertarse en los intersticios de la
sociedad donde nace, se desarrolla y muere. Con razón, en atención a sus
méritos como sociólogo[3],
en el país se celebra el Día del Sociólogo el 18 de octubre, por ser su fecha
natalicia.
4.
SOSPECHAS
DE BONÓ EN SU EXAMEN DE LA HISTORIA Y SOCIEDAD DOMINICANAS
La primera sospecha la tuvo
Bonó al revisar nuestra historia colonial a la edad de 29 años. Capta que la
codicia por el oro lleva al conquistador español a tratar como cosas a los
nativos: “Los siglos no registran crimen más cruento que el cometido sobre esta
desdichada Nación (…). Bastaría decir que fue completa y horrorosamente
exterminada” (Bonó, 2000, p. 93). Luego habla de “hombres negros” traídos de
África para reemplazar la mano de obra indígena; pero desconfía del concepto de
hombre que asume Bartolomé de las Casas, dado que sugirió la importación de
esclavos africanos por ser más resistentes que los naturales[4].
Piensa que el sacerdote dominico condena la explotación de taínos, ciguayos,
etc., pero fomenta la de esclavos africanos.
En tal sentido, hay en el padre de las Casas (Bonó, 2000, p. 93), un
“amor a medias por el hombre”. Nótese la aguda habilidad mental que exhibe Bonó
para desconfiar y captar ciertos matices que para otros podrían pasar
desapercibidos.
Nuestro pensador elogia el ingente esfuerzo de
las masas trabajadoras desde tiempos coloniales, en tanto critica
vehementemente a la élite colonial por su pereza y falta de iniciativa. Se
convierte así en el primer crítico del devenir histórico-social del país,
conectando de tal suerte con la línea humanista inaugurada por fray Antonio de
Montesino y sus hermanos de congregación en su célebre Sermón de Adviento de
1511.
El autor se percata de la
escasa preparación del dominicano al decidirse por la lucha independentista. En
carta al general Luperón manifiesta: “Será una Gasconada, pero se me alcanza
que nuestra independencia fue un hecho casi inconsciente por nuestra parte (…)”
(Bonó, 1980, p. 461). Tal planteamiento conlleva cierta dosis de ejercicio
autocrítico, en virtud de que Bonó era precisamente la cabeza mejor amueblada
del grupo restaurador, junto a Ulises Fco. Espaillata y Benigno Filomeno de
Rojas.
El intelectual es reiterativo
en sostener que muchos de nuestros errores deben atribuirse a las “reliquias”[5] o “resabios” derivados del régimen colonial
hispánico, el cual (Bonó, 1980, pp. 131, 132), estuvo “regido durante siglos
por el oscurantismo y la Inquisición.”. Sostiene que “sólo el hombre pensador
puede sacudir el yugo” de tantas creencias y tradiciones”. Luego exclama:
“!cuánto no debe luchar para hacer que el vulgo las sacuda!” (Ib., 84,85).
A Bonó, pues, le cabe el
mérito de ser el precursor de nuestra emancipación cultural[6]. Tuvo la agudeza intelectual
para captar que, a pesar de haberse proclamado la independencia política aún
pervivían prácticas, ideas y costumbres coloniales, las cuales no permitían una
total emancipación del otrora poder metropolitano ibérico. Y es que, tanto en
Latinoamérica como aquí, para decirlo con la elegancia de José Martí: “La
colonia continuó viviendo en la república” (Zea, 1993, p. 124).
Previo a Bonó la élite
intelectual estigmatizó al pueblo dominicano como haragán, bruto y vicioso. Se
vinculaban tales deformaciones del carácter nacional con las herencias
africanas y aborígenes; mientras que las cualidades positivas que exhibíamos se
atribuían a las raíces españolas. Bonó sospecha que esto no tenía asidero en la
realidad, ya que “Nuestro pueblo tiene prendas relevantísimas (…), es bravo,
audaz, es bondadoso, hospitalario, sencillo, trabajador, inteligente,
emprendedor” (Bonó, 1980, p. 393). En realidad, el pensador inaugura en el país
la adopción de una visión positiva acerca de la sociedad dominicana.
Por otra parte, cabe poner de
manifiesto que nuestro pensador no concibió de manera negativa la constitución
híbrida que caracteriza al conglomerado nacional, dentro de un sistema cultural
en que solo se reivindicaba su origen hispano. Y en abierto desafío a éste,
planteó la mezcla racial como rasgo distintivo de nuestro ser étnico y
cultural. De ahí que postulara: “Somos una raza nueva en el mundo, producto de
la mezcla del caucasio, indio y africano” (Bonó, 1980, p. 393).
En más de un escrito el autor
enuncia el mulatismo como la nota característica del ser dominicano, pero
considera que tal hibridez racial o cultural encierra un aspecto positivo.
Según su concepto, “esto es (…) lo que da a la República aptitud cosmopolita
(…), pues sus afinidades son múltiples por razas y tradiciones” (Bonó, 1980, p.
219). Según su concepción este cosmopolitismo del dominicano ha evitado las
guerras sociales o raciales en el país, a diferencia de lo ocurrido
históricamente en Haití.
Pero a pesar de todo lo
anterior, Bonó sospecha de dos cuestiones negativas derivadas de dicha
conformación heterogénea. En primer lugar, dicho espíritu de apertura o de
vocación intercultural puede causar que cualquier nación o civilización se
infiltre y logre propósitos aviesos. En segundo término “esto ha impreso el
sello de una pasividad absoluta en el carácter nacional, que lo hace aceptar
sin resistencia ni discusión las combinaciones bastardas de todos los políticos
aventureros o de ocasión, que fuera y dentro del país, en todos los tiempos lo
han sumido en un abismo de dolores (…)” (Bonó, 1980, p. 221). Otra vez
sorprende la capacidad analítica del autor para adentrarse en los más finos
hilos del tejido sociocultural nuestro y dotarlo de sentido.
Una creencia positivista de
mucho arraigo durante el período decimonónico consistía en que las acciones
conjugadas de la ciencia y la técnica, junto al despliegue del capital
industrial y el fenómeno de las migraciones, proporcionarían a todos los países
el progreso que acariciaban. A la República Dominicana llegan hacia 1870
colonos cubanos; luego arriban europeos y finalmente estadounidenses cargados
de maquinarias modernas. El desarrollo industrial azucarero adquiere auge y
hasta ferrocarriles son construidos. Se cantan himnos al progreso, pero a Bonó
le asalta la sospecha y entona otra canción: “Yo no veo el progreso que tanto
se decanta, y tanto vocea (…) ¿Cuál es ese progreso? ¿Dónde está?” (1980, p.
277).
Declara no estar de acuerdo
con los planteamientos que buscan defender un pretendido progreso en el país;
lo que aprecia es que “El monopolio destruyó los conucos y sus anexos de ganado
menor, con ellos la subsistencia de la ciudad y trabajadores (…) “Al antiguo
labriego del Este sólo le queda su persona y ésta es inviolable hoy ¿Dónde
encontrará el remedio?” (Bonó, 1980, p.
281).
Se trata de una de las
sospechas más lúcida del intelectual, lo cual le coloca en una dimensión
incluso continental, puesto que hasta donde se sabe no hay un autor en el
Caribe o en el orbe latinoamericano que haya dirigido un cuestionamiento a la
utopía de progreso como la que enhebró Bonó[7]. Para el autor, un progreso
que no impactara positivamente en las “clases de abajo”, que no llegara -como
decía- “a la casa del peón”, “a las clases de abajo”, no constituía un
auténtico progreso.
Sostenía que los apologetas de
la ideología de progreso solo veían “fantasmas” y “espejismos”, nunca la
realidad como tal. Incluso los visualiza como personas obnubiladas, dado que
tal euforia “los sube al quinto cielo”. De ahí su vehemente disenso contra el
dogma del progresismo tan en boga para entonces, al cual catalogaba como una de
las grandes calamidades del mundo[8]:
“Esta teoría echada a los cuatro vientos por las grandes naciones civilizadas,
repletas de población, de capital, de ciencia, experiencia, actividad y demás
accesorios para aplicarlas con energía y con fruto a la explotación de hombres
y cosas, es uno de los males que afligen al mundo en la actualidad” (Bonó,
1980, pp. 413-414). El pensador tenía incluso la sospecha de que el mundo se
iba a reír de los apuros en que dicha infundada pretensión nos colocaba (Ib.,
p. 414).
El Padre de la Sociología
Dominicana impugna el liberalismo económico implantado en su época, tras
advertir que la felicidad de un pueblo no consiste exclusivamente en “el
aumento de sus importaciones y exportaciones (…), aunque sea atropellando la
justicia y la moral” (Bonó, 1980, p. 294). Para el intelectual crítico-ético,
el orden capitalista implantado en el país, lejos de generar “proletarios”
producía “peones”, circunstancia que le permitía quedar finalmente “en posesión
de los derechos de todos”.
Estamos ante otro hallazgo
relevante, ahora en la esfera política, pues con su actitud de sospecha le
advierte a su amigo Gregorio Luperón que se ha llegado a un punto tal que ya
“El presidente no gobierna ni manda”, lo cual demostraba que el capital monopólico
se había engullido la soberanía del país. Tales reflexiones le conducen a
postular la existencia de lo que denomina un “coloniaje reciente” (Bonó, 1980,
p. 385), surgido al amparo de dicho capital, auspiciado por las compañías
europeas que irrumpen en el país hacia la segunda mitad del siglo XIX. Neocoloniaje que, a partir de los últimos lustros de
dicha centuria fue reconducido y asumido por el capital imperial
estadounidense.
La obra más leída de Bonó es
sin dudarlo su novela El montero, escrita ya a los veinte años y publicada en
París; pero el más conocido de sus escritos de corte socioeconómico y cultural
es Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas, publicado en 1881. Le
siguen: Opiniones de un dominicano (1883) y Congreso Extraparlamentario (1895).
No obstante, hay un ensayo sumamente enjundioso publicado en 1885 con el título
de La República Dominicana y la República Haitiana. Aquí tiene la sospecha del
problema que más daño le estaba ocasionando a la sociedad dominicana. Se trata
del flagelo de la corrupción.
Nuestro pensador estaba atento
al más leve latido de la realidad dominicana, lo que le permitía “ver muchas
cosas ocultas que pasan desapercibidas”, según su propio decir. De Bonó
reconoció Eugenio María de Hostos, aunque no lo llegó a tratar personalmente,
“su noble actitud moral y el recto alcance de su entendimiento”, al tiempo de
confesarle en una epístola que era “uno de los hombres de bien que deseo
tratar” (Rodríguez Demorizi, 2080, p. 47).
A qué atribuir que, a pesar
del intercambio epistolar, y de que nuestro “pensador de la sospecha” tuviera
incluso el gesto de enviarle previamente una tarjeta de felicitación navideña
-aparte de elogiar sus escritos en más de una ocasión-, ambos intelectuales,
los de mayor prestancia en el país para aquel entonces, no llegaran a
estrecharse sus manos. No obstante, sendas cartas quedan como testimonio del
mutuo reconocimiento que se dispensaron.
La natural tendencia a
sospechar que abrigaba Bonó, hija de su mirada de largo alcance y su fina
capacidad intuitiva, lo lleva a alertar hacia 1881 sobre acciones que ponían en
peligro la flora y la calidad del suelo en su país. En efecto, condena los cortes
excesivos de madera que laceraban las zonas montañosas, provocando lo que
calificó como una “industria destructiva”.
Denuncia, además, el tipo de
agricultura intensiva desarrollada por el capital foráneo, asunto que implicaba
“la destrucción del medio donde podía moverse una población”. Llevado por la
sospecha y el afán de garantizar la conservación de nuestro suelo, el pensador
interroga: “¿Podremos ofrecer a los que quieran unirse a nosotros, una tierra
devorada por el monopolio, esterilizada por la explotación directa y violenta
del hombre por el hombre?” (Bonó, 1980, 395).
Véase, pues, cómo el
intelectual cibaeño inicia en República Dominicana la defensa medioambiental y
la preservación de los recursos naturales, temas de enorme preocupación en la
actualidad, cuando muchos ríos languidecen contaminados o se secan por completo
y se extinguen enormes zonas boscosas.
Relacionado con lo anterior,
Bonó es, además, el primer autor criollo en cuestionar que la ciencia y la
técnica signifiquen el remedio de todos nuestros problemas, sean estos
económicos, sociales o espirituales. Cuando nadie osaba poner en entredicho el poder
atribuido al cientificismo y a la técnica concebidos como la nueva panacea, el
intelectual advierte: “En este fin de siglo tan decantado de ciencia y de
progreso (…) ni la ciencia ni el progreso han cumplido sus promesas” (Bonó,
1980, p. 374).
Bonó fue abogado de profesión,
pero ejerció la medicina y cultivó la economía, la sociología, la política, la
filosofía, la historia, etc. A la política práctica le consagró buena parte de
su vida, desempeñándose como Diputado, senador, ministro de Guerra y secretario
de Estado. Pero subsumido en los trajines de la vida política dentro de los
liberales azules, el sociólogo sospechó de la ambición desbordada de una gran
parte de sus compañeros restauradores, los cuales se enfrascaron en una lucha
sórdida por alcanzar altos cargos en la administración pública, dejando atrás
ideales altruistas y hábitos de bien.
Fue así como, asqueado por la
conducta de antiguos compañeros de lucha en la Guerra de la Restauración, que
habían ascendidos a altos cargos como funcionarios, Bonó logra detectar,
deplorar e impugnar por vez primera la corrupción en la administración pública
dominicana. Queda perplejo al constatar cómo la “clase directora” se sumergía
en dicho extravío y arrastraba hacia ese vicio a la sociedad en su conjunto.
Para él la élite política distribuida en todos los partidos “eran parásitos
chupones, ya del presupuesto, ya de los particulares” (Bonó, 1980, p. 291).
Vio cómo la búsqueda incesante
de privilegios, que denominó “privilegiomanía” (Bonó, 1980, p. 251) y la
desenfrenada corrupción marchaban de la mano. Véase la forma en que describe
esta última: “La corrupción: he aquí nuestro gran mal, mal que nos circunda,
nos penetra y nos tiene bien cerca de la muerte, mal que causará la
desaparición de nuestra nacionalidad si no procuramos contenerla y corregirla
pronto y radicalmente” (Bonó, 1980, p. 341), Tales ponderaciones las realiza el
pensador en 1883 y llama mucho la atención el hecho de que, a la altura del año
2022 dicho mal haya llegado al nivel extralimitado en que se encuentra. Por
supuesto, en este como en otros tópicos, las ideas y denuncias sociales del
pensador indispensable para los dominicanos conservan una sorprendente
actualidad.
El autor temía que el pueblo
dominicano terminara desmoralizado, que las “clases de abajo”, que estimaba
como verdadero cimiento de la patria, mostraran indiferencia frente a la
conservación de la soberanía del país. Estaba convencido que el amor patrio se
sustenta en condiciones materiales de existencia, no solo en ideales
patrióticos. Decía que “No se puede amar, las más de las veces, lo que nos hace
infelices” (Bonó, 1980, 287). Sin embargo, tuvo a bien observar que al pueblo
dominicano le quedaban fuerzas vitales, y que “a pesar de tanta contrariedad
(…), el que lo estudia en todas sus fases nota un fondo imperturbable de querer
ser él, el solo dueño de sus destinos“ (Bonó, 1980, p. 339).
5
Bonó es nuestro principal
pensador del siglo XIX e inicio del XX. Asumió el ejercicio intelectual como un
compromiso de cariz ético, pues no claudicó en defender los intereses de las
clases trabajadoras y de los pobres. Sin duda, actuó como un funcionario sin
sueldo al servicio de las mejores causas del pueblo dominicano.
La última de las sospechas que
se abordan en este artículo permite considerar a Bonó como el padre de la
geopolítica dominicana. Sospechó que el país, por la circunstancia geográfica
de estar ubicados en un lugar estratégico en medio del mar Caribe, corre el
riesgo de perder la independencia. La razón es que somos codiciados por las
grandes potencias, algunas de las cuales se han disputado en más de una ocasión
su posesión.
Hace la advertencia de que “La
República Dominicana por las vecindades que tiene, por la posición geográfica
que ocupa y por sus nexos anteriores, es una entidad que se cuenta y siempre se
ha contado en muchas cancillerías; y esta vecindad, vínculos y posición la
obligan a poner sumo cuidado en cosas que otras naciones americanas pueden
olvidar” (Bonó, 1980, p.345). Ello se relaciona con lo que le expresara a su
amigo y presidente, Fernando Arturo de Meriño: “Vivimos porque los grandes no
permiten que entre ellos ninguno nos trague” (Bonó, 1980, p. 449).
En base a lo anterior, Bonó se
anticipó a varios de los postulados centrales de Juan Bosch en su obra De
Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial (1969), formulando
tres cualidades básicas que debe reunir todo gobernante idóneo de República
Dominicana: inteligencia, prudencia y cautela. Estos serían elementos clave de
nuestra sobrevivencia y soberanía como nación. Por todo lo aquí esbozado, es de
justicia reconocer la deuda del país con el intelectual crítico que se retira a
su “rincón” favorito de San Francisco de Macorís para llevar a cabo una
“observación filosófica” de la sociedad dominicana, convirtiéndose de esta
suerte en nuestro “pensador de la sospecha”.
5.
REFERENCIAS
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[1] Tal característica de Bonó no solo aparece
en el título del libro de González Peña, sino también en el epígrafe dado al
penúltimo capítulo de su libro: “Bonó, un intelectual de los pobres”, pp.
105-124.
[2] Cf. Julio Minaya, “La filosofía de lo
social en Pedro Francisco Bonó”, en Primer
Congreso Dominicano de Filosofía.
Memorias, Balance y Utopía”, Universidad Autónoma de Santo Domingo y Centro
Cultural Español, Santo Domingo, Santo Domingo, República Dominicana, 1999, pp.
59-65.
[3] Cf. Orlando Objío, “Bonó, el sociólogo”,
en: Estudios sociales, Año XLI No.
142/143, octubre 2005-marzo 2006, pp. 61-78. En este escrito el autor presenta
nueve argumentos en favor de la condición sociológica de Bonó.
[4] Bonó aclara que el ilustre fraile dominico
sugirió al rey Carlos V que trajera a la Isla Española africanos, al notar que
la población nativa se reducía drásticamente años tras años.
[5] En su enjundioso opúsculo Apuntes sobre las clases trabajadoras
dominicanas (1881) dedica el epígrafe: “Reliquias dejadas por los
españoles” a constatar la impronta de España en la vida del pueblo dominicano.
[6] A demostrar dicho planteamiento dediqué la
tesis doctoral Pedro Francisco Bonó y su
aporte a la emancipación cultural
dominicana. Ideas éticas y político-sociales, Universidad del País Vasco,
2011.
[7] Cf. a) Petronila Dotel, “La idea de
progreso en Bonó, tan desafiante como entonces”, en: Estudios Sociales. Año XLI
No. 142-143, octubre 2005-marzo 2006, pp. 95-115. b) Julio Minaya, “Crítica
pionera de Pedro Francisco Bonó a la idea de progreso en la segunda mitad del
siglo XIX”, en: “Cultura latinoamericana. Revista de Estudios Interculturales.
Vol. 26, No. 2, julio-diciembre 2017, pp. 76-104.
[8] Bonó se mantenía informado de lo que
acontecía en todo el globo, a través de libros y revistas que le llegaban a su
pequeña localidad de Macorís. El grito de alarma que emite desde República
Dominicana, impactado por los efectos nefastos del despliegue de la ideología
de progreso, se explica si nos hacemos una idea de cómo afectaba la
implementación del capital monopólico en uno de sus eslabones periféricos más
frágiles: el área del caribe. Se implantó un neocolonialismo sin escrúpulos que
expropiaba propiedades, disponía a su antojo de los recursos naturales, sometía
los gobiernos a su potestad y explotaba sin piedad a los proletarios que antes
habían sido despojados de sus tierras. Bonó tuvo una visión clara de lo que
estaba pasando y de lo que sobrevendría.